AUTOBIOGRAFÍA

AGATHA CHRISTIE

AGATHA CHRISTIE

(Planeta – Buenos Aires)

“Nunca me he considerado un autor bona fide. He escrito algunas cosas, sí, libros, cuentos. Se han publicado e incluso me acostumbré a contar con ellos como fuente de ingresos definitiva, pero cuando rellenaba un formulario y llegaba a la línea de ‘profesión’, nunca se me ocurría poner otra cosa que el clásico ‘sus labores’. Era una mujer casada, ése era mi estado y ésa era mi profesión”, escribió Agatha Christie en su autobiografía, publicada originalmente un año después de su muerte. Comenzó a escribirla en abril de 1950 y concluyó en octubre de 1965, casi una década antes de morir. Quince años escribiendo su increíble vida y donde, sin embargo, no da cuenta de sucesos notables que le ocurrieron en esa última década como el éxito de la película Asesinato en el Orient Express, la representación ininterrumpida de la obra teatral La ratonera, el éxito de venta de sus libros hasta transformarla en autora de bestsellers y su nombramiento como Dama del Imperio Británico.

Sin esa década aún por vivir y haciendo el balance final de su vida había apuntado: “Estoy satisfecha; he hecho todo lo que quería hacer”. La escritora que no se autopercibía como tal a pesar de ser la autora más vendida de todos los tiempos (solo superada por la Biblia y Shakespeare), había nacido en Torquay con el nombre de Agatha Mary Clarissa Miller y tomado el apellido con el que se inmortalizaría de su primer esposo, el coronel Archibald Christie, con quien formalizaría bajo la Primera Guerra Mundial, años en los que fue enfermera, asistiendo a los soldados heridos en el frente.

Educada bajo el influjo de una tradicional familia victoriana tuvo durante parte de su infancia un buen pasar, con nodriza y cocinera, pero se apura en aclarar que no formó parte de una familia acomodada y que todo comenzó a derrumbarse con la temprana muerte de su padre y el casamiento de su hermana mayor: “Ya no éramos los Miller, una familia, sino sólo dos personas que vivían juntas: una mujer de mediana edad y una inexperta e ingenua niña”.

La infancia dorada en su entrañable Ashfield, los vaivenes económicos familiares y también previo a la Primera Guerra Mundial “cuando allá lejos, en Serbia, asesinaron a un archiduque, nos pareció un suceso remoto, nada que tuviera que ver con nosotros”, dedica un largo capítulo a sus primeros flirteos y romances.

A lo largo de las páginas de su autobiografía descubrimos el empoderamiento que le significó comprarse tempranamente un auto a partir de sus ingresos como autora o su reflexión sobre la situación de la mujer que “ha empeorado con el correr del tiempo; nos hemos comportado como unas tontas. Hemos gritado que nos dejen trabajar como a los hombres, quienes han aceptado de mil amores, pues no son tontos. ¿Por qué sustentar a la esposa? ¿Por qué no se sustenta ella sola? Quiere hacerlo, pues que lo haga”.

También somos testigos de su despertar como escritora: “fue mientras trabajaba en el dispensario cuando se me ocurrió escribir una historia policíaca (…). Como me hallaba rodeada de venenos, quizá lo más natural fuera escoger la muerte por envenenamiento como el método ideal”. Sabía que tenía que crear un detective, “por aquellas fechas estaba muy influenciada por Sherlock Holmes, así que me puse a estudiar de detectives. No al estilo de Sherlock Holmes, por supuesto, inventaría uno de mi propia cosecha, que tendría un amigo en calidad de ayudante”. Se convenció que debía ser “un hombre pequeño con un gran nombre”. Así nació en 1916 Hércules Poirot y con él, El misterioso caso de Styles, su primera novela.

En su autobiografía asistimos a su pasión por viajar, al goce que le proporcionó surfear en Honolulú, su amor por los trenes y el Orient Express, y sus largas estadías en Medio Oriente acompañando a su segundo esposo y cómo en Bagdad encontró muestras de antisemitismo, como cuando escuchó decir: “ustedes no entienden nada. Tal vez nuestros judíos sean distintos a los suyos, pero son un peligro. Hay que exterminarlos; es lo único que se puede hacer” y su inmediata reflexión: “Lo miré con incredulidad. Fue el primer aviso de lo que sucedería en Alemania”.

Seis relatos cortos para una revista posibilitaron que Miss Marple entrara “tan calladamente en mi vida que apenas si advertí su llegada” y Christie comparte con nosotros a los editores inescrupulosos que ganan fortunas a costa de los escritores y reconocemos desde el primer párrafo su estilo literario por más que no estemos ante un nuevo relato policial. Promediando sus memorias comienza a convivir con la idea de su propia muerte al planteársela a su agente literario Edmund Cork, quien “entristecía mucho cuando me oía preguntar: -Sí, pero ¿en caso de que me muera…?” y nos regala un cierre a la altura de sus novelas: “Mientras espero con comodidad en la antecámara de la muerte, me divierto. Aunque cada año que pasa tengo que borrar una nueva cosa de la lista de placeres”.

Flavio Mogetta

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